Zidane

Aquí, evidentemente, entra en escena Isco Alarcón, que en la temporada del doblete Liga – Champions pasó a ser una de las piedras angulares del sistema. Los problemas físicos de Gareth Bale y su tremendo nivel individual obligaron a Zidane a incluir al malagueño en el once, alcanzando durante esa segunda mitad del curso 2016/2017 la indiscutible condición de estrella mundial. El técnico galo ya había intentado apostar en muchas ocasiones por el exmalaguista como alternativa a Modric o Kroos en uno de los dos interiores, pero el internacional español no cumplía con una máxima que necesitaba el sistema. Isco, un alma libre, necesita moverse por todo el eje horizontal delante de la pelota, y eso dejaba cojo el sistema, que perdía una referencia de pase hacia fuera básica para explicar el Real Madrid de Zidane, como es ese finísimo control para salir de situaciones de presión agresiva del rival. Por eso, ubicarle como vértice del rombo en el 4-3-1-2 derivó en la mejor versión de su carrera.
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La presencia de Isco, eso sí, obligó a algunos ajustes tácticos imprescindibles para que el Real Madrid siguiera siendo dominante a través del balón. La ventaja para Zidane fue que la construcción de su lado fuerte en salida. ese Ramos-Kroos-Marcelo, permanecía intacto, y ahí Isco supo cómo hacerse útil, acercándose a ese perfil para completar el circuito de pases en ese sector. El comodín para hacer esto sostenible fue Luka Modric, que intercambió más que nunca recepciones retrasadas en el carril interior derecho con movimientos más largos y profundos para dar una opción de pase profunda a Carvajal o al central derecho. Ese paso al rombo tuvo otros tres pilares: la madurez que Casemiro fue acumulando y que le permitió decidir mejor a pesar de que Modric estuviera más lejos, la capacidad de Benzema para hacer también apoyos muy largos en diagonal, lo que suavizó el impacto de eliminar a los extremos, y sobre todo la autosuficiencia mostrada por Carvajal y Marcelo, que en ese curso 2016/2017 comenzaron a dejar jugadas absolutamente determinantes con una facilidad pasmosa.
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Merece rescatar en este punto la figura de Cristiano Ronaldo, que evidentemente es otro de los grandes nombres del periplo de Zidane en el banquillo del Real Madrid, y que por su legendario aura dentro de la historia del fútbol quizás esté recibiendo menos protagonismo del merecido en este análisis. Por supuesto que el portugués siempre ha sido el finalizador de la sociedad que ha formado con Benzema, pero esa transformación del sistema del equipo le fue llevando paulatinamente a ocupar el área de una forma, si cabe, más constante. Aún jugando con doble punta, Cristiano acudía a la posición de extremo izquierdo para no tener constantemente la portería rival de espaldas, pero la nueva composición le invitaba, aún llegando después de hacer algún apoyo fuera del área, a acabar siempre en el área. Es evidentemente uno de los aspectos clave para matizar el éxito de Zidane, sobre todo en la Copa de Europa, porque al control obtenido a partir de la táctica y el talento se sumaba la finalización del, probablemente, mejor rematador de la historia. Y eso fue lógicamente una carta ganadora cada martes o miércoles por la noche.